Determinadas patologías producen un cuadro clínico en el que la pérdida de apetito está presente. Por ejemplo ocurre con algunos enfermos de cáncer que están recibiendo tratamiento de quimio o radioterapia. Por ello conocer estos mecanismos reponsables del apetito en el cerebro son los que podrían llevar al diseño de medicamentos «más perfectos» que provoquen las ganas de comer a los pacientes que los hayan perdido.
Por otro lado también se puede utilizar en aquellos casos en los que al organismo le viene bien bloquear los mecanismos. Estos casos serían de gran utilidad en cuadros como por ejemplo, el de la obesidad.

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